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Defensa animal bajo sospecha
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Defensa animal bajo sospecha

Los seres humanos adultos somos en gran medida responsables de nuestro presente. No es defendible el papel de víctimas permanentes de las circunstancias, callando que nosotros también moldeamos esas circunstancias. Un perro atado a una cadena de un metro nada puede hacer para cambiar su presente y dado que ningún ser vivo nació para vivir atado, justo es que tratemos de impedir lo que nunca debería ocurrir. Nosotros forjamos las cadenas. No sé de su existencia en el mundo de los animales. Mejorar el trato a los animales no empeora la suerte de ninguna persona y en la misma medida en que reduce el dolor en el mundo, lo embellece para todos. También para nosotros los seres humanos. Nadie pierde con ello.

23/NOV/2015

Ocurrió hacia el final de los años setenta y en la TVE, primera cadena. Debatían sobre la llamada fiesta nacional; en su defensa, el escritor Fernando Sánchez Dragó y en contra un representante de una asociación defensora de los animales cuyo apellido era Reich, apellido de ascendencia alemana. Difícil recordar los argumentos de uno u otro pero sí que se me quedó gravado el ataque de Dragó contra Reich, que sin poder reproducirlo literalmente vino a decir: “que no le extrañaba el rechazo de Reich a las corridas de toros dado que hacía honor a su apellido y sabida es la defensa que los nacionalsocialistas alemanes hacían de los derechos de los animales”. Un golpe innoble para intentar desacreditar a su adversario, que eludiendo el fondo de la cuestión, se aprovechaba de una audiencia condicionada por décadas de relato histórico de los vencedores, para obtener la previsible conclusión de que defensor de los anímales es sinónimo de hostilidad hacia el género humano. La táctica de Sánchez Dragó ha hecho escuela.

Con uno u otro matiz esta acusación se repite hasta la náusea. Si te conmueve el sufrimiento cotidiano de los animales en nuestra sociedad y te preocupas por paliarlo, más pronto que tarde se te echará en cara que no hagas nada por los sin techo, o por los niños del Sudán, o por tantas familias necesitadas como hay a nuestro alrededor, sin ir más lejos. Poco importa que quien así te acuse de desinterés hacia el dolor humano ni haga ni piense hacer absolutamente nada para combatirlo. El sospechoso es siempre quien se mueve por una causa que no se entiende.

Cuando los animales son contemplados como meras herramientas para nuestro servicio o disfrute, resulta imposible aceptar que alguien pueda dedicar parte de su tiempo y entusiasmo a su defensa. ¿Quién entendería que nos movilizáramos en defensa de un martillo o de una llave inglesa? Cuando no se entiende la convicción y el sentimiento que te mueve, al momento se busca la explicación en la existencia de un móvil inconfesable, oculto: el desprecio hacia los hombres. A esta deducción casi automática se llega con especial celeridad cuando la causa de la defensa de los animales no sólo no reporta beneficio material alguno a quien la sostiene, sino al contrario, un sinfín de quebrantos. Numerosas organizaciones basadas en el voluntariado altruista que dan apoyo a las personas que viven en la pobreza material, cuentan al menos con el reconocimiento social generalizado por su trabajo. Este reconocimiento no se extiende a los defensores de los animales, cuya causa produce una no disimulada extrañeza. Mientras que de una persona no nos haremos un juicio de valor en función de la utilidad que nos reporte, para una mayoría, todavía, el valor de un animal y su utilidad serán una y la misma cosa. Cambiar este perverso enfoque no es tarea fácil.

Los animales, como los niños, siempre son inocentes y jamás hay maldad en sus acciones, porque están más allá del bien y del mal. Las leyes de nuestra moral no les son aplicables. Pero mientras que los seres humanos siempre podemos contar con familiares, amigos o vecinos, paisanos o compatriotas que pueden sentirse cercanos a nuestro dolor, los animales se encuentran totalmente a nuestra merced y carecen de esos apoyos naturales, también los animales silvestres a los que desposeemos de su espacio vital. Ni son capaces de entender la causa de su situación, ni pueden sobreponerse en la esperanza y el sueño de un mañana. Solo viven en el momento presente. Su sufrimiento es absoluto. También su alegría y agradecimiento. Sin doblez.

Actuar en contra del maltrato a los animales no es dar la espalda al sufrimiento humano, sino por el contrario incluir a los animales en la comunidad de vida y rechazar el pérfido dualismo que divide todo aliento vital sobre la tierra entre el nuestro y el del resto de seres. La Vida, con mayúscula, es una y únicamente nuestra especie obra conscientemente en contra de ella y de sí misma. No son el resto de seres vivos quienes dañan día tras día al hogar común. Somos nosotros imbuidos de falsos valores de crecimiento permanente y de arrogancia injustificada. Por ello cuando rechazamos el maltrato a los animales intentamos reconciliarnos con la totalidad de la vida, devolviéndole apenas una parte de lo que le debemos, que es todo. No damos la espalda al resto de los hombres pero si mostramos nuestro rechazo hacia la impostura de una sociedad que ha perdido el sentido de la medida, confunde medios con fines y vive de espaldas a la naturaleza y a nosotros mismos. En la defensa de los animales no debemos intuir rechazo alguno a nuestra propia especie, pero sí oposición frontal a los valores dominantes en la sociedad actual. La especie permanece, los valores cambian, y este cambio es el que también persiguen los llamados “animalistas”, término cuyo uso se extiende y que no me parece nada apropiado.

Un yegua de la Policía de Houston agoniza después de ser atropellada por un camión, mientras recibe el consuelo de su jinete (Animal Justice League)
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Un yegua de la Policía de Houston agoniza después de ser atropellada por un camión, mientras recibe el consuelo de su jinete (Animal Justice League)
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