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Producción agrícola y eficiencia alimentaria, un futuro incierto
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Producción agrícola y eficiencia alimentaria, un futuro incierto

De la misma manera que puede preocupar el continuado incremento de la población humana y las dudas que genera en cuanto a su alimentación en el futuro, se puede contrastar el enorme éxito conseguido, también de forma continua, en la productividad unitaria de nuestras tierras cultivadas. Aunque es un dato técnico poco conocido popularmente, los incrementos conseguidos en las producciones de los distintos cultivos gracias a las mejoras de su tratamiento, mecanización, riego o por el uso de nuevas variedades es espectacular.

Producción agrícola y eficiencia alimentaria, un futuro incierto
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12/NOV/2015

Pero conviene hacer un análisis sereno. De la misma manera que no es aconsejable dejarse llevar por un maltusianismo alarmante, tampoco procede basar nuestra tranquilidad alimenticia en un optimismo infinito de avances no contrastados. Como datos internacionales de referencia, podemos indicar que la FAO estima que, en las cuatro próximas décadas, la población mundial crecerá en otros 2.000 millones de habitantes y que la producción de alimentos tendría que incrementarse al menos, en un 60% respecto a la actual.

Sin necesidad de subirnos a una nube para otear un futuro lejano en base a predicciones más o menos sólidas, tanto pesimistas como optimistas, sí que podemos analizar lo que hasta ahora ha sucedido y sentar las bases de las mejoras, que nos pueden dar una capacidad de afrontar futuros próximos que vengan con más restricciones que las actuales. Si vienen con menos, miel sobre hojuelas.

La FAO constata que la media mundial del suministro de alimentos ha aumentado, en los últimos 50 años, incluso con el aumento de población, de forma que si en 1960 era de unos 2.200 kcal/habitante y día, en 2009 esa cifra se calculaba en 2.800. Las estadísticas son lo que son, sujetas a cómo se hacen sus supuestos y las cifras anteriores han tenido por fuerza que acumular bastantes supuestos. Pero aunque demos por buenas esas estadísticas, no hay más remedio que entrar en lo heterogéneo de las distintas situaciones productivas en el mundo. En Europa, esa media de suministro de productos alimentarios se calculaba, para 2009, en 3.370 kcal/persona/día. Y es que la producción, el acceso y la distribución de los alimentos en el mundo es muy heterogénea. Una de las consecuencias de esta situación desigual es que una parte de la población no recibe lo suficiente para el sustento diario, pasa hambre, mientras que otras partes tienen excedentes. Es decir, producimos estadísticamente lo suficiente, pero estamos llenos de problemas. Porque también el exceso es contraproducente en las sociedades ricas, y plantea nuevos problemas, como los de salud por obesidad.

La heterogeneidad de situaciones productivas en el mundo, con sus problemas, da pie sin embargo a previsiones optimistas. En los últimos 50 años, los aumentos de los rendimientos unitarios por superficie se han dado en los países más desarrollados, que además son los que detentan la mayor innovación en las técnicas agrícolas y en la obtención de nuevas variedades mejorantes. En los países en vías de desarrollo, se considera que el potencial productivo es mucho mayor del que refleja su situación actual. Es decir, si se hacen las cosas bien, se podría aumentar su productividad y su suministro de alimentos. Es un potencial muy positivo a desarrollar para un futuro próximo. Aunque se estime que la extensión cultivable en la Tierra tiene limitaciones, por tierras, climas y agua, la superficie ahora disponible pueden tener un mayor desarrollo.

Dicho esto en positivo, no hay que olvidar tampoco que los incrementos de rendimiento precisan en la mayoría de los casos de un mayor aporte de inputs como fertilizantes, tratamientos, agua, etc. Ocurre algo parecido como el pase de una agricultura familiar a una industrializada, toda acción ventajosa puede tener, y tiene, otros efectos que pueden ser negativos, por lo que siempre hay que planificar las acciones con equilibrio. Y aquí surge un término clave: planificar.

La población mundial sigue tendiendo a concentrarse en grandes urbes, de forma aparentemente ilimitada. Hay que llevar los alimentos de las tierras cultivadas a la urbe lejana, y ello agranda el problema del trasporte y distribución de los alimentos. Ya no se vive cerca del campo o de la huerta. Tanto el transporte a la ciudad como la distribución interna dentro de una macrourbe generan problemas de pérdidas y deterioro de los alimentos, así como de costes para el consumidor. No todo lo que se produce llega a su destino final. Hay que producir más.

La globalización de mercados internacionales y con productos fuera de temporada recoge parecidos problemas con el caso del transporte, pero con distancias más largas. Y aporta nuevas situaciones que afectan al equilibrio de la producción alimentaria. Tanto a escala interna de los países como en su comercio internacional globalizado se concentra la producción en un número menor de especies agrícolas, las demandas se homogeneizan y se pierde diversidad. Para atender estas demandas globales se promociona una agricultura industrializada que puede ser muy rentable, pero no tiene encaje con la agricultura local ni familiar, que son las que más diversidad de productos generan y que se ven abocadas a su paulatina desaparición.

Especialmente se acusa este efecto en las variedades de plantas cultivadas, desapareciendo gradualmente las variedades locales, muchas de gran calidad, pero que no responden a los baremos que rigen para un producto globalizado y transportable. Se pierde diversidad genética. En los países en vías de desarrollo se promocionan y se utilizan las variedades globales en detrimento de las suyas propias. Para evitar esta pérdida, los países se ven en la necesidad de establecer Bancos de germoplasma. Como ejemplo tenemos lo sucedido en la viticultura productora de vino.Todos los países emergentes que han plantado nuevos viñedos, algunos desde hace más de cincuenta años, como el caso de Australia, Chile o Nueva Zelanda, han basado su viticultura casi en tres variedades de origen europeo: Cabernet Sauvignon, Chardonnay y Merlot; tres continentes producen parecidos tipos de vinos de las mismas variedades. Y ello ha sido una tendencia también en países de antigua tradición en ese cultivo, como España, Grecia e Italia.

Este mundo globalizado suele estar dominado por compañías multinacionales y de grandes grupos económicos. El manejo económico de la producción agrícola y la alimentación en el mundo, los mercados de futuros, etc., es un tema largo y complejo y posiblemente un problema en sí mismo, que habría que analizarse junto con los costes que sufre el consumidor o los bajos precios que recibe el agricultor. Las grandes inversiones promueven agriculturas de grandes superficies, manejadas de forma industrial estricta. Esto, en teoría puede ser favorable a su rentabilidad pero pueden tener, y tienen, efectos medioambientales y sociales negativos.

Un caso puesto de relieve recientemente (“Los excluidos del oro verde”. C.G. Calero, El Mundo) es la explotación extensiva por grandes compañías de enormes superficies roturadas, en regiones naturales del Chaco argentino, con monocultivos industriales como la soja transgénica. Sin entrar en la polémica del valor de las variedades transgénicas, la variedad utilizada es resistente a los herbicidas, lo cual significa que se pueden utilizar éstos de forma rutinaria. Los aviones fumigan los campos con productos químicos, alguno de ellos como el glifosato, considerado cancerígeno. A los efectos negativos de un monocultivo repetido se unen la secuela de los agroquímicos y la deforestación practicada para la roturación de tierras. Y los cambios que recaen en la poblaciones locales que languidecen como espectadoras del avance sojero a los que no les ha llegado ninguno de sus beneficios económicos. Los beneficios se quedan en los grandes productores y en las estadísticas del gobierno.

Cuanto más se aleja el consumidor del huerto de producción, más se imagina un producto ideal en color, forma y presentación sin mácula. Esto ha sido encajado por la moderna distribución y la tendencia del comercio en los países desarrollados se afianza por la compra de alimentos en un establecimiento grande y de productos inmaculados y envasados asépticamente. Esto genera a su vez una serie de consecuencias, la primera es el envasado, que requiere materiales que luego hay que desechar o reciclar, y tiene su coste en el consumidor, de nuevo. Pero el mayor efecto es de nuevo en los destríos de producto, toda aquella unidad que no responda a los parámetros de calidad estética requeridos es desechada. Volvemos a necesitar más producción para el mismo consumo.

El tema de los destríos, junto a las pérdidas en transporte y la parte desaprovechada por el consumidor que va a las basuras es un problema de gran importancia, porque en algunos productos es mayor lo que se tira que lo que se consume. Como ejemplo vale una noticia publicada en julio de 2009 por el periódico El Día de la Palma, en Canarias. En ella se daba razón de que en un determinado producto, las lechugas, el 85% de las envasadas durante un año no llegaba al consumidor final.

Está claro que es preciso planificar mejor, ser más eficaces en la distribución y el transporte, cambiar hábitos de consumo, ser más sensatos, mejorar las desigualdades y apoyar un desarrollo inteligente (por favor, no usen lo de sostenible).

De todo este reducido muestrario de situaciones se pueden deducir conclusiones pesimistas o centrarse en el gran potencial del ser humano para hacer grandes cosas. Precisamente en el ser humano está la clave del futuro. No se trata de afirmar, como publica A. Berry en su libro “Los próximos 10.000 años” que no hay límites al crecimiento y no hay límites a lo que las naciones desarrolladas pueden realizar. Porque el ser humano y no digamos las naciones, puede no tener límites en lo bueno, pero tampoco en lo malo y hasta que no equilibre su comportamiento, el futuro será incierto.

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