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Año tras año los pinares ofrecen su cosecha de piñas. Pasa desapercibida para nosotros. No hay mercado ni recolección, no interviene el dinero. Y pese a ello, los árboles en nuestros montes no faltan a su cita, sin necesidad de que nadie los abone. Su vitalidad es hija del suelo que año tras año se enriquece con las hojas caídas, convertidas en tierra fértil.

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12/ENE/2017

Las hojas vivas de hoy serán el alimento del mismo árbol, mañana. Esta es la normalidad, sencilla y a la vez compleja, silenciosa y poderosa al mismo tiempo. Una maravilla repetida que sólo conseguiría llamar nuestra atención, si dejara de producirse.

Al lado del silencio que acompaña a la continuada formación de la tierra fértil, otros fenómenos se manifiestan con estruendo. Alrededor de cinco millones de años atrás, el rumor de una cascada inimaginable se habría podido escuchar a muchos kilómetros de distancia del Estrecho de Gibraltar. El Mediterráneo se estaba llenando con aguas del Océano Atlántico. Un cataclismo que nos hubiera aterrorizado junto a un hecho aparentemente anodino que no despierta ni nuestro interés ni mucho menos nuestra reflexión. Difícil imaginar situaciones más extremas, pero conmovedor y hermoso el reconocer que obedecen a una misma ley.

En la tierra que habitamos no hay elementos; ni el agua, ni los minerales que alimentan las plantas, que escapen a la aplicación de esa ley. En forma de hielo sólido, vapor o líquido, el agua que hay en este planeta es una. Si las temperaturas bajan habrá más agua en forma de hielo y hasta los mares interiores, como el Mediterráneo, podrían llegar a desparecer. Si suben las temperaturas, la fusión del hielo hará que las montañas queden sumergidas por los mares acogedores de las aguas de fusión. Las inverosímiles conchas fosilizadas de nuestras sierras revalidarían su certificado de nacimiento. Valga esto como explicación necesariamente breve de la atronadora catarata oceánica que se precipitó por el Estrecho como consecuencia de una subida de las temperaturas.

Nosotros, con nuestra actividad diaria actuamos también sobre este ciclo cerrado y perfecto de la vida, debiendo contribuir conscientemente a su mantenimiento. Hacerlo constituye una de las mayores fuentes inagotables de alegría, gratuita y gratificante. No hacerlo, por contra, exige pagar un alto precio que recae no ya sobre nosotros, sino sobre el conjunto inocente de la vida.

Busquemos un ejemplo cercano que podamos asir con nuestras manos. El cubo de la basura. Más de la mitad del peso de la basura que cada día se genera en las casas, está formada por materia orgánica. Todo aquello susceptible de pudrirse; principalmente restos de frutas, verduras, huesos y pescado. Bastaría que todas estas materias fueran a un cubo aparte que vaciaríamos una vez a la semana para poder elaborar, nosotros mismos y con ellas, compost, humus, el oro fértil de la tierra que sirve de alimento a los pinos generosos con los que empezamos estas líneas.

Hacer esto requiere de un esfuerzo, mínimo, y de una disciplina, necesaria, así como conocer las reglas básicas y sencillas para que el compostaje se realice correctamente. Todo Ayuntamiento debería apoyar estas iniciativas, como el del pueblo en el que vivo que dio los primeros pasos para ello con los cursillos que se impartieron este verano y deberán repetirse. Fácilmente comprobaríamos como la cantidad de basura a recoger se reduciría, en muy poco tiempo, a mucho menos de la mitad, con la reducción de costes que ello supondría. En un pueblo con una población de unos 5.500 habitantes, el coste de la recogida anual de las basuras domiciliarias puede llegar a suponer hasta 160.000 €. Una cuantía que es directamente proporcional a la cantidad de basuras generadas. El compostaje nos permite adelgazar esa cuantía, y con ello la factura final. El ahorro no sería insignificante. Todo Ayuntamiento en zonas rurales debiera fomentar los cursos para el vecindario que familiaricen a la gente con la sencilla técnica de la elaboración de compost. Incluso presupuestando, como un gasto y a la vez una inversión inteligente, el coste de entregar un pequeño compostador a cada vecino que participe en el curso y se comprometa a aplicar en su casa lo aprendido en ese taller práctico que, por otra parte, puede impartirse en apenas dos horas.

Todo cambio requiere del motor de la ilusión y del cemento de la voluntad, pero este cambio en nuestros hábitos no supone pedir la luna y es edificante en la medida en que conocemos la meta y ella está en armonía con la vida. La vida que rige la cosecha de los pinares y el mítico rumor de las aguas de Gibraltar.

Carlos Feuerriegel

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