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Palestina, Churchill y el parto de la OTAN

Roosevelt y Churchill a bordo del USS Augusta
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Roosevelt y Churchill a bordo del USS Augusta
Palestina, Churchill y el parto de la OTAN
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Las comadronas ya estaban entradas en años y su estado de salud dejaba bastante que desear. Ello no fue obstáculo para que se juntaran en las aguas de Terranova en agosto de 1941. Un parto en alta mar sentaría los fundamentos de lo que llegaría a ser la OTAN.

3/DIC/2016

Unas veces a bordo del barco de su graciosa majestad “Prince of Wales” y otras a bordo del USS “Augusta”, Churchill y Roosevelt dieron a conocer al mundo en guerra sus planes para el momento en que alcanzaran la victoria sobre la Alemania nacionalsocialista y las naciones que luchaban a su lado. El hecho de que los EEUU todavía no hubieran entrado en guerra, y legalmente fueran una potencia neutral, era un pequeño detalle que podía ser pasado por alto. Habría muchos más detalles a silenciar.

El documento, que se conocería como “Carta del Atlántico”, fue inicialmente elaborado en los EEUU y presentado a los británicos. Roosevelt no quería dejar pasar esta nueva guerra sin emular al Presidente Wilson y sus famosos catorce puntos que sirvieron para que Alemania, veinticuatro años antes, solicitara un alto el fuego en la anterior Gran Guerra de 1914-1918. En esta ocasión bastaría con ocho puntos, más que suficientes porque ahora no se pretendía llevar a Alemania al terreno de la negociación. No obstante, si los norteamericanos esperaban facilitar el acuerdo con los británicos reduciendo las promesas, se equivocaban. Ya en el punto tercero, Churchill presentó sus objeciones. En ese punto se prometía que se respetaría el derecho de autodeterminación de todos los pueblos, aceptando que cada comunidad pudiera elegir el gobierno bajo el cual quería vivir.

Esta promesa era del todo inaceptable para Churchill, y no ya porque, imperialista convencido como era, deseara mantener inmutable el dominio británico sobre sus colonias, sino porque pesaba por encima de todo su profesión de fe sionista y este tercer punto era totalmente incompatible con ella. Si bien hasta hoy se vincula el nacimiento de la entidad sionista en Palestina con la Declaración Balfour de 1917, la realidad es que Churchill jugó un papel mucho más destacado en la ejecución de este robo. En efecto, la materialización de la promesa contenida en la Declaración Balfour estuvo a punto de quedar en papel mojado de haberse materializado el “Documento blanco sobre Palestina” presentado por el gobierno británico de Chamberlain en mayo de 1939.

El “Documento blanco” de 1939 se dio a conocer en la Conferencia de St. James celebrada en Londres entre febrero y marzo de 1939. Bajo la presidencia del gobierno británico se reunió a árabes y judíos, pero no ciertamente bajo un clima de concordia. Ya el mismo discurso de bienvenida a las delegaciones, pronunciado por el Primer Ministro Chamberlain tuvo que ser repetido ante cada una de las delegaciones por separado dado que no fue posible sentarlas a una misma mesa (1).

En ese documento, elaborado por un gobierno que no quería en modo alguno enfrentarse con el mundo árabe y que se encontraba en lucha contra el terrorismo ejercido por los colonos sionistas sobre la población autóctona palestina y sobre las propias fuerzas militares y administrativas británicas, se contemplaba que en 1944 el Mandato británico daría paso a un gobierno elegido por la población establecida en ese momento en Palestina. Esto habría supuesto el fin de la aventura colonizadora sionista dado el rechazo de la población árabe a esa presencia extraña y el tamaño de ambas comunidades, árabes y judíos, que se preveía existiría llegada esa fecha. Porque el documento, que debía ser llevado a la práctica por la oficina colonial británica en Palestina bajo el mandato de Malcolm MacDonald contemplaba un máximo total de inmigración judía a Palestina de 75.000 personas de 1939 a 1944, es decir, no más de 15.000 colonos al año. Dado que en marzo de 1938, conforme a los datos publicados por el gobierno británico a finales de ese año, había en Palestina 1.002.406 árabes y 401.557 judíos, quedaba asegurado que en mayo de 1944, la mayoría árabe sería clara y determinante cuando se alcanzara el autogobierno prometido por el documento elaborado por el gabinete de Chamberlain.

Churchill, entonces fuera del gobierno, atacó continuadamente ese “Documento blanco”, tanto en prensa como en el debate parlamentario sobre el Mandato en Palestina que tuvo lugar en la Cámara de los Comunes el 24 de noviembre de 1938. Para él, la declaración Balfour era una promesa que tenía como fin el alcanzar una mayoría judía en Palestina, de forma que fueran los sionistas los que decidieran la política a seguir en el territorio del Mandato una vez Gran Bretaña se retirara del mismo. La población autóctona árabe, mayoritaria y presente en el territorio de forma ininterrumpida debía plegarse a esta realidad impuesta. Con toda claridad Churchill expuso su convicción una y otra vez. Cabe recordar en este sentido el testimonio que Churchill ofreció dos años antes, en 1937, ante la conocida como Comisión Peel que acabaría defendiendo la partición de la Palestina bajo mandato británico. Churchill no ocultó su desprecio hacia los árabes, a la hora de comparecer ante la Comisión, comparando la suerte de los palestinos a la de otros pueblos sojuzgados por el colonialismo:

“Yo no acepto, por ejemplo, que una gran injusticia se haya cometido con los pieles rojas (Red Indians en el original NT) en América, o con los aborígenes ( Black people en el original NT) en Australia. Yo no admito que una injusticia se haya cometido con ellos por el hecho de que una raza más fuerte, más cualificada, o en cualquier caso, una raza que tiene mucho más mundo, haya llegado y les quite el sitio” (2).

Churchill, sin embargo, carecía en esos años de poder político para imponer sus convicciones. La declaración de guerra de Gran Bretaña a Alemania el 3 de septiembre de 1939, cambió esta situación al devolver a Churchill a las tareas de gobierno. Primero como Primer Lord del Almirantazgo, el mismo cargo que tenía al estallar la anterior Gran Guerra, y a partir de mayo de 1940 como primer ministro. Había llegado el momento de tomar medidas para frenar la ejecución del “Documento blanco sobre Palestina” del anterior gobierno Chamberlain.

El encuentro en el Atlántico norte le dio ocasión para ello. Roosevelt supo por boca de Churchill que la promesa de autogobierno para los pueblos no era aplicable a la población árabe de Palestina. Como justificación, Churchill manifestó “ Estoy firmemente comprometido con la política sionista, de la cual fui uno de sus autores” (3). La promesa de autogobierno contemplada en el “Documento blanco” de 1939, quedaba anulada de hecho por Churchill durante este encuentro. El pueblo palestino vio sellado su futuro en las aguas de Terranova. Evidentemente esta excepción introducida por Churchill, no se recoge en el documento entregado a la prensa, pero sí que es objeto de la atención del biógrafo oficial de Churchill, Martin Gilbert, judío y sionista, en su libro “Churchill and the jews” publicado en 2007 (4).

Las ocho promesas nacidas en aquel encuentro y que servirían de inspiración para la fundación de la OTAN, no valían ni el papel sobre el cual fueron redactadas. Vista la hipocresía que acompañaba al tercer punto, no mejor suerte esperaba al punto siguiente, que establecía la reducción de toda restricción al comercio.

El propio Churchill, nuevamente, dejó constancia de qué entendía él por “libre comercio “ cuando éste chocaba con su militancia sionista. Palestina fue nuevamente el escenario de la farsa, pero esta vez en 1920 y pese a que también el agua marcaba el escenario, en esta ocasión era agua dulce:

Pinhas Rutenberg un judío procedente de Rusia y que había estado al lado del gobierno de Kerensky se estableció en Palestina hacia 1920 cuando Churchill estaba al frente de la administración militar británica de Palestina en su calidad de Secretario de Estado para la Guerra en el gobierno de Lloyd George. Rutenberg le presentó a Churchill el proyecto para la generación hidroeléctrica a partir de las aguas de los ríos Jordán y Yarmuk en febrero de 1921, el fundamento para el desarrollo económico de la colonia sionista en Palestina. Churchill aceptó concederle la concesión para la explotación de las aguas, pero con una condición: Rutenberg debía renunciar a comprar la maquinaria necesaria para la central hidroeléctrica en Alemania, tal y como tenía previsto. Todas las compras debían realizarse a empresas británicas (5). Y esta imposición de Churchill se dictaba en un momento en que una Alemania postrada y desposeída de gran parte de su capacidad productiva, sólo podía contar con las exportaciones para hacer frente a las reparaciones de guerra destinadas principalmente a Francia y a … Inglaterra. La liberalidad de Churchill ante el vencido quedaba nuevamente en evidencia.

¿Libre mercado? Sólo si me beneficia a mí. ¿Derecho de autodeterminación para Palestina? No mientras los árabes sean mayoría, pero sí cuando los colonos sionistas consuman su robo. Con estos falsos e infames valores Churchill llegó a convertirse no sólo en el gran impulsor de la empresa sionista, sino en un ídolo para los llamados liberales de nuestro tiempo. Un ídolo que siempre escondió podredumbre, belicista convencido, imbuido de un sentimiento de superioridad anglosajón nada disimulado y que, muy conscientemente, sembró y alimentó en Palestina el sueño de los colonos sionistas que fue desde un principio la tragedia del pueblo palestino y la vergüenza del occidente que calla y mira para otro lado.

(1) “Trial and Error” Chaim Weizmann, Ed. Hamish Hamilton, London, pg 494

(2) Peel Commission Report, Churchill Papers 2/317

(3) Prime Minister´s Personal Minute, 20 August 1941, Churchill papers, 20/36

(4)“Churchill and the jews” Martin Gilbert , Ed. Henry Holt and Company, New York 2007, pg 184

(5) “Churchill and the jews” pg. 76

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