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Pajaritos fritos
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Pajaritos fritos

“La primavera silenciosa” fue uno de los libros que en mi juventud más me impresionaron. En él, su autora, Rachel Carson, denunciaba la desaparición de nuestras pequeñas aves cantoras de los campos agrícolas cultivados con métodos intensivos.

28/OCT/2016

Tanto la disminución del número de insectos por los plaguicidas como la desaparición de la flora silvestre por los herbicidas, reducían las fuentes de alimento de jilgueros, verderones, verdecillos o pinzones, entre otras muchas especies.

En España, por aquellos tiempos, década de los sesenta y setenta del pasado siglo, nuestra autora podría haber añadido una causa más para sembrar nuestros campos de silencio: en los bares de los pueblos, como aquí en Ayora, se ofrecían “pajaritos fritos” como una tapa más de la variada gastronomía popular. Aquello aparentemente pasó, pero las amenazas no.

Mientras escribo esto, nos encontramos en plena época de captura de aves cantoras silvestres en la Comunidad Valenciana. Porque se capturan cada año para meterlas en jaulas y dedicarlas, en teoría, a los concursos de canto, pero en la realidad también a su consumo, ayer como hoy, fritos y sin pasar por la pizarra de ofertas de los bares. Hoy se comen en casa y sin llamar la atención.

Nuestra nueva Consellera, la Sra. Elena Cebrián, la que se suponía que traería nuevos aires a una Conselleria de Medio Ambiente con larga tradición de saqueo del territorio valenciano, probablemente no leyó el libro que arriba citaba. A ella ya le pilló más lejana su publicación, y se nota. La Orden 28/2016 que lleva su firma y regula esta caza de pájaros cantores, autoriza este año y hasta finales de 2018 la captura de unos cuarenta y cuatro mil pajarillos cantores cada año para poder abastecer con sus trinos esas operaciones triunfo de la infamia. Y si hasta este año la captura se podía realizar durante veinte días, ahora se puede hacer durante cincuenta y nueve. Eso sí la captura es con carácter “excepcional”; la excepcionalidad de la normalidad. De los controles mejor no hablar. Si nuestros avezados funcionarios de la Conselleria no fueron capaces de detectar todos los incumplimientos en las cortas de pinos para la llamada biomasa que se hicieron durante dos años en la Sierra de Enguera, hoy paralizadas, ¿serán capaces de controlar el número de pajarillos cazados por los amantes del canto encadenado? Respóndanse ustedes mismos.

No alcanzo a entender como una Conselleria que dice querer trabajar por la defensa de la naturaleza y que tiene entre sus altos cargos a personas que han estado cercanas al movimiento ecologista valenciano puede dar por buena esta inercia agravada en la perpetuación de unas prácticas que, sencillamente, tienen que ser desterradas. Ni más ni menos que como en Cataluña donde no se autorizan ya las capturas. Y digo agravada porque las condiciones reguladores son, este año y los dos próximos, todavía peores que los años precedentes.

Unas tres mil solicitudes se presentaron en la Conselleria para realizar las capturas en el año anterior. Me pregunto si también valdrán tres mil firmas para sacar adelante cualquier otra propuesta desoladora y fúnebre como esta. Aun así, hay motivos para alegrar esas caras. Algo de aire fresco y nuevo se ha colado en los despachos viciados de la Conselleria: se mantiene la prohibición de cegar a los pajarillos capturados para que canten mejor y con más ánimo. ¡Todo un detalle de amor por esas pequeñas vidas que nos conmueve! Cierto que los fritos ya no cantarán pero los supervivientes, al menos, podrán ver la cara del que los capturó. No cabe duda que vamos mejorando. A eso le llaman transparencia informativa.

Carlos Feuerriegel

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