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El terremoto de San Francisco de 1906
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El terremoto de San Francisco de 1906

La madrugada del 18 de abril de 1906 un fuerte seísmo de una magnitud estimada de 7,8 sacudió la bahía de San Francisco a lo largo de la falla de San Andrés. El suceso está considerado como una de las mayores catástrofes de la historia de Estados Unidos.

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21/ABR/2016

Tres cuartas partes de la ciudad quedaron arrasadas y más de la mitad de sus 400.000 habitantes perdieron sus viviendas a consecuencia del fuerte temblor y, especialmente, por los incendios originados por la rotura de las conducciones de gas.

El fuego consumió aproximadamente 25.000 inmuebles, calcinando 490 manzanas de la ciudad. El centro de la metrópoli, los edificios de hasta doce alturas del distrito financiero, el área comercial y la mayoría de hoteles fueron destruidos, a pesar de ser construcciones modernas realizadas con materiales resistentes. De reciente ejecución en muchos casos, las instalaciones de gas que incorporaban jugaron en su contra.

En uno de los hoteles arruinados, el gran tenor napolitano Enrico Caruso dormía después de la representación de la obra Carmen de Bizet, en la Grand Opera House, cuando se sobresaltó por el temblor. Cuentan que aterrorizado, antes de salir despavorido de su habitación, solo tuvo tiempo de recoger el retrato del presidente estadounidense Theodore Roosevelt, firmado y dedicado a su persona. Más tarde, cuando los guardias le impedían tomar un tren en la abarrotada estación para abandonar la ciudad, recurrió a su preciada reproducción para mostrársela a los agentes y conseguir su pase de salida.

Sin embargo, tanta devastación no se entiende sin circunstancias añadidas. Una de ellas estaba relacionada con las pólizas de seguro. Las coberturas contratadas por los propietarios de los inmuebles no cubrían los daños ocasionados por los terremotos, aunque sí incluían los riesgos de incendio. Algunos titulares de propiedades muy afectadas por el sismo, ante la posibilidad de no percibir una compensación económica las incendiaban deliberadamente para reclamar a su seguro. Algunos fuegos provocados se propagaron a los edificios contiguos, empeorando la situación todavía más.

La gran cantidad de establos para mulas y caballos que había por toda la ciudad, levantados con vigas y tablones de madera, con la paja y el heno almacenados en su interior, fueron un formidable combustible para la rápida extensión del fuego.

Otro hecho determinante se debió a los estragos ocasionados en la red de abastecimiento de agua a San Francisco, que dificultaron las labores de extinción del cuerpo de bomberos en su fase temprana y permitieron que los incendios se descontrolasen.

Como último recurso se emplearon explosivos para dinamitar edificios y crear de esta manera cortafuegos que impidieran el avance de las llamas, pero en la mayoría de los casos resultaron ineficaces, cuando no manifiestamente contraproducentes.

Las acumulaciones de gas originaron explosiones e incendios donde no los había, causando la muerte de las inexpertas personas que manejaban las cargas. Otras veces el exceso de explosivos, en lugar de demoler el edificio lo pulverizaba, enviando fragmentos incandescentes en todas direcciones.

Quinientos bomberos lucharon contra las llamas hasta la extenuación, muchos de los cuales murieron, entre ellos el propio jefe del Departamento de Incendios, Arthur Sullivan. Cuatro días después la lluvia apagaba los últimos rescoldos de una ciudad arrasada.

Aunque la cifra oficial de muertos fue de 478 personas, estudios recientes arrojan un balance muy superior, más de 3.000 fallecidos de forma directa o indirecta. Numerosas personas heridas de gravedad por la caída de escombros o aquejadas de quemaduras severas murieron los días y semanas posteriores a la tragedia.

Entre otros, no se contabilizaron o se subestimaron las muertes de individuos pertenecientes a colectivos desfavorecidos, minorías étnicas y residentes en núcleos urbanos o periféricos de la bahía de San Francisco.

Familias enteras de condición humilde, que ocupaban infraviviendas realizadas con materiales provisionales altamente inflamables fueron pasto de las llamas en los suburbios al sur de la calle Market. La misma suerte corrieron cientos de miembros de la más importante comunidad de origen chino de Estados Unidos que residían en el conocido barrio de Chinatown.

Mucho supervivientes huyeron con lo poco que habían salvado y que podían transportar en carros o carretas: muebles, colchones, ropa, mantas y los retratos de familia. Instalados en tiendas de campaña por las inmediaciones de la ciudad, los campamentos provisionales se prolongaron durante años.

Antes de terminar el día empezaron a llegar a San Francisco, desde la cercana ciudad de Los Ángeles, caravanas de provisiones con los primeros médicos, enfermeras y personal de emergencia.

Desde el primer momento una de las prioridades fue mantener el orden y la seguridad en las calles, evitando la actuación de desvalijadores. Las tropas federales al mando del mayor Paul Smicht y el cuerpo policial del gobierno municipal tenían autorización para disparar a cualquier persona involucrada en actos o acciones criminales. En los quince días posteriores a la desgracia, se estima que cerca de 200 saqueadores fueron fusilados sin juicio previo.

Se dictaron normas para evitar la especulación con los alimentos y la acumulación privada de víveres. Se instalaron puestos de comida en las propias calles, repartiendo sopa y pan entre todos los vecinos necesitados, mientras que aljibes distribuían agua por toda la población.

Los maestros siguieron impartiendo sus clases en aulas improvisadas, muchas veces en los propios campos de desplazados.

El reconocido escritor sanfranciscano Jack London, autor de Colmillo Blanco, escribió en la publicación Collier’s: “Nunca en la historia una moderna ciudad imperial ha sido tan completamente destruida. San Francisco se ha ido. No quedan más que los recuerdos”.

Sin embargo, London se equivocaba. Las tareas de reconstrucción comenzaron relativamente pronto y se desarrollaron a un ritmo sorprendente. En 1915 la urbe renacida inauguró la Exposición Universal de San Francisco que conmemoraba el centenario de la ciudad y la inauguración del Canal de Panamá y que contó con la presencia de 19 millones de visitantes.

Parte de la gran difusión que adquirió la tragedia en todo el mundo y que ha llegado a nuestros días se debe al uso de la fotografía. Tan solo unos años antes, el fabricante Kodak había sacado al mercado las primeras cámaras que inmortalizaron en la prensa escrita de la época el horror del terremoto de San Francisco.

Falla de San Andrés a su paso por Carrizo Plane, California
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Falla de San Andrés a su paso por Carrizo Plane, California
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