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El artificio humano en busca del conocimiento
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El artificio humano en busca del conocimiento

Vivimos en un mundo cada vez más complejo. El crecimiento espectacular de la población, los nuevos retos para su alimentación, el desarrollo de la sociedad moderna, la tendencia hacia el bienestar material y la irrupción de las nuevas tecnologías, están suponiendo una serie de variables antes inexistentes. Los avances se producen a tal velocidad que al ser humano le cuesta asimilarlos.

El artificio humano en busca del conocimiento
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15/ENE/2016

La información a la que nos vemos sometidos determina nuestro recorrido profesional y condiciona las relaciones emocionales. Cuando los datos se agolpan sin tiempo suficiente para procesarlos de forma adecuada e incorporarlos a nuestra visión particular del mundo, produce unos conceptos engañosos que perjudican la capacidad de acción.

Mientras unos mirar atrás alabando modelos tradicionales de existencia, otros presagian futuros deseables, y los más escépticos, intentan sobrevivir a los avatares a los que estamos sometidos, escogiendo lo menos perjudicial o lo más deseable dentro de nuestras posibilidades.

Como parte de un todo que somos, solo podemos intuir, nunca tener la certeza, sobre algo que está en cambio continuo. Aun así, tomamos partido por lo que creemos más próximo a nuestro entendimiento.

Es un camino de perfeccionamiento, a veces en posturas contrastadas, seguras o cómodas y en ocasiones en dilemas estresantes, propicios para la especulación y la apuesta arriesgada. Sabemos que hay cosas que han desaparecido e intuimos otras que todavía desconocemos, que están por venir. Así vamos construyendo en nuestro inconsciente unas tendencias alternativas de vida que la van modelando, consiguiendo algo impresionante. Al igual que nuestro físico es único e irrepetible, nuestro intelecto tiene las mismas cualidades singulares, y ante semejantes estímulos, reaccionemos de diferentes formas.

Cuando los homínidos empezaron a apuntar maneras hace unos cientos de miles de años, entraron en el selecto grupo de los súper depredadores de la pirámide natural. Cada comunidad interactuaba en un biotopo determinado; el número de individuos nunca pudo ser muy grande. Con la llegada del homo sapiens esto cambió, y desde lo alto empezaron a presionar todos los escalones inferiores. A partir de aquí el hombre empieza a multiplicarse rápidamente hasta el punto que, con el transcurrir del tiempo, para poder seguir alimentándose, tiene que crear un artificio medio ambiental: la agricultura-ganadería, sobre el cual empiezan a cimentarse las primeras civilizaciones. El resultado es espectacular. El poder de las sociedades se multiplica y viene de la mano del número de miembros que la componen. La civilización abandona la cadena natural. Consecuencia de esto es la estratificación en clases sociales, incluida la de los esclavos. Curiosamente abandonamos una pirámide y construimos otra. Esta certeza aunque no sea eterna sí parece intrínseca al ser humano y a la naturaleza.

Los cambios en nuestras vidas siempre dependen de entrar-salir de uno a otro escalón de esta pirámide social cuyos valores quedarán definidos desde un principio:

  • Por la herencia y tradición familiar
  • El bagaje cultural
  • La ubicación en el escalafón laboral
  • La capacidad económica
  • De la periferia al centro
  • De mantenidos a mantener
  • De ideas y pensamientos
  • De objetivos y anhelos
  • Por la aproximación física al canon de belleza del momento

La vida es un viaje y nosotros los viajeros, migramos en cuerpo y alma de un sitio a otro, hasta tal punto que una persona adulta se refleja vagamente en su niñez. Hemos avanzado desde el egoísmo animal del aquí y ahora, yo el primero, todo lo que pueda para mí, hasta el altruismo con el semejante, sabiendo que todos vamos en la misma nave y el bienestar del otro, tarde o temprano, repercutirá en el mío.

En algún momento de nuestra existencia caemos en la cuenta de que el fascinante viaje que es la vida, nos conduce hacia la muerte inexorable, y somos conscientes de la fragilidad de la condición humana y de la incertidumbre sobre su designio divino.

¿Acaso somos viajeros-náufragos en un universo en el que el azar nos creó? ¿Tal vez los deseos y esfuerzos a lo largo de nuestras vidas han carecido de sentido?

¿Son posibles sucesivas combinaciones que, a lo largo de millones de años, hayan ido perfeccionando aminoácidos, células o agrupaciones celulares hasta llegar a individuos poliorgánicos capaces de ir sumando habilidades y ampliando su campo de acción? ¿Es factible que un organismo unicelular sea capaz de hacer lo indecible para sobrevivir en un medio hostil? Es decir, buscar un entorno más favorable, energía para mantener sus funciones vitales, superar los cambios radicales en la organización, estructura, química y climatología de la tierra, que condujeron a extinciones masivas en estados evolutivos diferentes. Y, sobre todo, tener la determinación de intentar obtener más del 50% de probabilidades de existir, sobrevivir a toda costa, hacer posible lo imposible, sin saber que lo posibilitará.

Lo más acertado, vista la forma de actuar de lo vivo, su adaptabilidad, su férreo compromiso con la vida, su capacidad de expansión para ocupar todos los nichos ecológicos posibles, para hacerse omnipresente, para evolucionar y ser más compleja y sensible es que lleguemos a pensar que la vida no sea la excepción, sino la regla y su recorrido el camino para llegar a un lugar en el que todas las potencialidades que hemos sumado se realicen sin trabas en su máximo esplendor.

Por naturaleza, los individuos no poseemos los conocimientos ni las herramientas para saber el cómo y el por qué de todas las cosas. Desde distintos ámbitos científicos han comprobado que la vida en sus diferentes manifestaciones ha existido en nuestro planeta desde poco después de su formación. Si hubiese sido inteligente desde el principio la consideraríamos como un ente, del que emanarían directrices que cada individuo ejecutaría, según su especie, en aras de su desarrollo y consolidación, pero no fue así.

Por otra parte hay experimentos científicos, que en laboratorios, han intentado recrear las condiciones primigenias de la tierra para crear algún microorganismo, aunque fuese muy sencillo, sin conseguirlo. Esta cura de humildad nos hace caer en la cuenta de que estamos en un estadio de desarrollo no tan elevado como pensamos.

La realidad del ser humano se proyecta actualmente de diversas maneras; una es abandonar la idea de intentar encontrar una explicación global de nuestro mundo. Lo que nos motiva es adaptar cualquier avance, de cualquier ámbito, para beneficio propio. Aceptar lo que la sociedad nos demanda con herramientas más potentes que profundicen en nuestro trabajo y ensanchen las posibilidades de ocio.

En otras personas una inquietud intelectual o existencial procede a analizar, más o menos en profundidad, los avances, adaptándolos o no, en mayor o menor medida, a su escala de valores, dependiendo del balance final de su razonamiento.

Lo determinante en la personalidad de cada individuo se corresponde con lo ajustado de su conducta, motivaciones y buen hacer. A esa frontera flexible y permeable entre el yo y el resto, que delimita mínimos y máximos entre los que actuar.

Todos barajamos una información genética y otra aprendida que desarrollamos en sociedad. Es en los trabajos donde ejercitamos nuestra parte creadora, más o menos extensa, dependiendo del cargo y actividad de la actividad. Es un acto fundamental, de higiene mental, de contribución, de pertenencia. Contrapeso de lo que recibimos, de ser consumidores.

La creación requiere nuestras más altas capacidades, es huidiza, agotadora, absorbente, hasta adictiva. Normalmente se integra junto con la de otras personas en empresas, y el conjunto de éstas determina una de las direcciones en las que avanza la sociedad.

Tan importante como realizarnos profesionalmente es transmitir nuestra información biológica contenida en el ADN. En los países desarrollados la tendencia es tener menos hijos, pero de momento no existe otra forma de hacer perdurar las secuencias de nuestros cromosomas que tomando cuerpo.

Somos seres estructurados en una pirámide social singular, procedentes de otra natural de la que somos sus máximos exponentes tras millones de años de evolución. Todo este tiempo pasado nos ubica a la mitad de la vida de nuestra estrella. Nos quedan menos de cinco mil millones de años, antes del final de nuestro astro convertido en enana blanca. Parece poco probable seguir habitando la Tierra para entonces.

Imaginemos que logramos colonizar otros planetas de diferentes sistemas, de otras galaxias. Incluso que lleguemos a contactar con civilizaciones de objetivos evolutivos similares, pudiendo aunar intereses con ellas. Y después de ese tiempo de expansión, cuando la información comience a escasear, nuevamente llegaremos a esa frontera que marca el límite del conocimiento. Quizás tengamos que construir otro artificio, otra pirámide que eleve aspectos emocionales del ser humano que nos permita existir hasta el infinito y más allá.

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