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Opinión

Año tras año los pinares ofrecen su cosecha de piñas. Pasa desapercibida para nosotros. No hay mercado ni recolección, no interviene el dinero. Y pese a ello, los árboles en nuestros montes no faltan a su cita, sin necesidad de que nadie los abone. Su vitalidad es hija del suelo que año tras año se enriquece con las hojas caídas, convertidas en tierra fértil.

La aparición del árbol de Navidad en los hogares españoles no se remonta a más allá de mediados del siglo pasado. La tradición católica sin duda contribuyó a demorar su llegada. El árbol navideño se asociaba con costumbres propias del centro y norte de Europa, con mayor arraigo de la fe protestante.

Con una población estimada entre 3.000 y 5.000 millones de ejemplares, la paloma migratoria americana constituía, probablemente, la mayor concentración de aves a nivel mundial de su tiempo.

Unos vagones supervivientes de la Guerra Civil con una vieja y sombría locomotora de vapor, les conducirán hasta Alemania, para una vez allí agruparse y dirigirse al frente ruso. Son los hombres de la División Española de Voluntarios.

La plaga de la langosta de las Montañas Rocosas que asoló el medio oeste norteamericano y que tuvo su momento álgido en 1875, figura en el Libro Guinness de los Récord por ser la mayor concentración de animales de la que se tiene conocimiento.

Según cálculos de la época, cientos de miles de enjambres de estos insectos, que sumaban en total más de 12 billones de ejemplares, devastaron una extensión de 2.900 kilómetros de largo por 177 kilómetros de ancho. Una superficie equivalente al tamaño de España.

Una vieja tradición historiográfica imagina al Papa Silvestre II diciendo la misa de la noche de Navidad del año mil ante multitudes aterrorizadas por la proximidad inminente del fin de los tiempos, que se produciría inexorablemente con el milenario del nacimiento de Cristo.

Un informe publicado en septiembre de 2015 por el Instituto de Recursos Mundiales, (WRI, por sus siglas en inglés), con datos aportados por la Universidad de Maryland y la empresa tecnológica Google, evidencia que la deforestación en 2014 es la mayor registrada desde 2001.

El estudio pone de manifiesto que las zonas forestales disminuyeron en más de 18 millones de hectáreas respecto al año anterior, o lo que es lo mismo, un área dos veces el tamaño de Portugal.

“La primavera silenciosa” fue uno de los libros que en mi juventud más me impresionaron. En él, su autora, Rachel Carson, denunciaba la desaparición de nuestras pequeñas aves cantoras de los campos agrícolas cultivados con métodos intensivos.

Los seres humanos adultos somos en gran medida responsables de nuestro presente. No es defendible el papel de víctimas permanentes de las circunstancias, callando que nosotros también moldeamos esas circunstancias. Un perro atado a una cadena de un metro nada puede hacer para cambiar su presente y dado que ningún ser vivo nació para vivir atado, justo es que tratemos de impedir lo que nunca debería ocurrir. Nosotros forjamos las cadenas. No sé de su existencia en el mundo de los animales. Mejorar el trato a los animales no empeora la suerte de ninguna persona y en la misma medida en que reduce el dolor en el mundo, lo embellece para todos. También para nosotros los seres humanos. Nadie pierde con ello.

Vivimos en un mundo cada vez más complejo. El crecimiento espectacular de la población, los nuevos retos para su alimentación, el desarrollo de la sociedad moderna, la tendencia hacia el bienestar material y la irrupción de las nuevas tecnologías, están suponiendo una serie de variables antes inexistentes. Los avances se producen a tal velocidad que al ser humano le cuesta asimilarlos.

Jaime I el Conquistador elevó a uno de ellos a la cima de su yelmo, fijándolo para los siglos posteriores en escudos y mástiles, pero ellos nunca se enredarían en tu pelo, por más que en su inverosímil vuelo pasen rozando tu cabeza.

De la misma manera que puede preocupar el continuado incremento de la población humana y las dudas que genera en cuanto a su alimentación en el futuro, se puede contrastar el enorme éxito conseguido, también de forma continua, en la productividad unitaria de nuestras tierras cultivadas. Aunque es un dato técnico poco conocido popularmente, los incrementos conseguidos en las producciones de los distintos cultivos gracias a las mejoras de su tratamiento, mecanización, riego o por el uso de nuevas variedades es espectacular.

¡Exijo estar sano! Dicho así, creo que a todos nos parecerá una demanda ridícula, pero si la salud es un derecho, debemos poder demandar su ejercicio y alguien habrá que nos deberá garantizar esta salud. Como tantos mensajes con los que se nos bombardea desde los medios de desinformación, el del “Derecho a la salud” es también un mensaje falso. Otra descarada prostitución del lenguaje.

La lengua es la sangre del espíritu, afirmaba Don Miguel de Unamuno a principios del siglo pasado. En la concepción pagana, pre-cristiana, de nuestros antepasados europeos, la sangre de un gigante dio lugar a las aguas que cubrían la tierra cuando esta nació a la vida. Lengua, sangre, agua, vida. Para un cristiano, en el principio fue el verbo. La palabra como fuerza creadora.

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