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Milenarismo y cambio climático

El cambio climático se ha convertido en el último acceso milenarista
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El cambio climático se ha convertido en el último acceso milenarista

Una vieja tradición historiográfica imagina al Papa Silvestre II diciendo la misa de la noche de Navidad del año mil ante multitudes aterrorizadas por la proximidad inminente del fin de los tiempos, que se produciría inexorablemente con el milenario del nacimiento de Cristo.

Eclipse lunar. A partir del año mil se conoce como milenarista a cualquier movimiento social que predice el advenimiento inminente de la catástrofe definitiva
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Eclipse lunar. A partir del año mil se conoce como milenarista a cualquier movimiento social que predice el advenimiento inminente de la catástrofe definitiva

26/DIC/2015

El Papa Silvestre II, nuestro entrañable y razonable Gerberto de Aurillac, como la mayor parte de la Iglesia, no participaba de aquella superstición y dijo su misa con la tranquilidad que dan la esperanza y el uso de la razón de forma adecuada. Como otros muchos hombres empeñados en sacar a la humanidad de las tinieblas, Gerberto consideraba imprescindibles la razón y el conocimiento, como instrumentos esenciales proporcionados por un Dios amoroso a sus criaturas. Quizás por ello tuvo que afrontar ataques y críticas que llegaron a acusarle nada menos que de brujería.

En cualquier caso parece que es cierto que una buena parte de la cristiandad experimentó los temores del año mil de forma intensa y paralizante. Para los mismos contemporáneos resultó sorprendente la reactivación económica, social y cultural que se produjo en las primeras décadas del siglo XI, cuando la Europa cristiana se cubrió de “un blanco manto de iglesias” y comenzaron los impulsos que dieron lugar al románico, a las universidades, a la recuperación del derecho y de la filosofía; al conjunto de actividades que contribuyeron a la reconstrucción de lo humano en la cristiandad medieval.

La fractura del año mil fue lo suficientemente intensa como para que a partir de entonces, se conozca como milenarista a cualquier movimiento social que predice el advenimiento inminente de la catástrofe definitiva, basándose en revelaciones y profecías. Estos movimientos suelen aprovechar acontecimientos preocupantes para excitar el recurrente miedo a lo desconocido de porcentajes significativos de los seres humanos.

Durante el resto de la Edad Media hubo sucesivas oleadas milenaristas relacionadas con las grandes epidemias, las invasiones o las guerras. Así la peste negra se consideró un anticipo del fin del mundo, como también las hambrunas producidas por la Guerra de los Cien Años o las, aparentemente imparables, invasiones de los turcos.

Pero llegó la Ilustración, y con ella el racionalismo, y muchos prejuicios y obsesiones humanas pretendieron volverse respetables mediante el procedimiento de envolverse en ropajes pretendidamente racionales y científicos. Y a partir de entonces volvió el milenarismo, disfrazado, eso sí, de profético cientifismo.

Primero fue Malthus, que demostró con argumentos pretendidamente irrebatibles que el crecimiento de la población haría a corto plazo insuficiente la producción de alimentos, con consecuencias catastróficas para la humanidad. Las ideas de Malthus fueron tan influyentes que su nombre se incorporó al vocabulario habitual, de forma que se denomina maltusianismo a toda actitud humana, política o cultural destinada a frenar el crecimiento de la población.

Lo malo fue que sus propuestas alarmaron a una parte significativa de la población y se tradujeron en acciones políticas como las leyes de pobres, destinadas a impedir el crecimiento de la población menos favorecida y que en la Inglaterra de finales del siglo XVIII y posteriormente en otras sociedades han causado un sufrimiento inenarrable, antes de que la realidad impusiera la demostración del absurdo de las teorías maltusianas.

Después vino el marxismo, que probablemente ha sido el peor de los milenarismos cientifistas. Su profecía del final apocalíptico del capitalismo, si no se producía una revolución que lo transformara en una utopía socialista, ha influido de forma decisiva en la historia de los siglos XIX y XX. El fracaso de los sistemas políticos basados en las ideas marxistas y la opresión inhumana a que estos sometieron -y aún someten- a los pueblos que han dominado, no ha sido suficiente argumento para una gran parte de la intelectualidad occidental. Más de cien millones de muertos y océanos de sufrimiento humano, se consideran algo accidental, que no les resulta suficiente motivo para descalificar definitivamente la pretensión marxista.

Ya en épocas recientes los milenarismos se han sucedido bajo aspectos similares que se suceden de forma trepidante. En los años 60 y 70 se asistió a un resurgimiento del maltusianismo, uno de cuyos hitos fue el informe sobre los límites del crecimiento del influyente Club de Roma, que pronosticó un riesgo de colapso de la civilización por la insuficiencia de la producción de alimentos y otras materias primas. Este resurgimiento, que ignoraba realidades fundamentales, como la revolución verde y los sucesivos saltos tecnológicos que modificaron radicalmente una gran parte de los procesos productivos, agobió de nuevo a una parte medrosa de la humanidad.

Muchos gobiernos adoptaron políticas antinatalistas, con gravísimas consecuencias. En la India de Indira Ghandi se llegó a engañar a las mujeres, sometiéndolas con diversos pretextos a operaciones de ligadura de trompas, mientras que la brutal política aplicada en China contra los nacimientos encontró una coartada respetable a los ojos occidentales. En último extremo la justificación del aborto como medida antinatalista aceptable tiene su origen en aquella oleada milenarista, que sigue aún vigente aunque con otras formas. Como argumento decisivo, que ignoran los profetas del desastre, se impone la realidad de que más de mil millones de hindúes se alimentan hoy mucho mejor de lo que lo hacían los seiscientos millones que vivían en los tiempos de la laica y criptosocialista señora Ghandi.

Las crisis del petróleo que se sucedieron después de la guerra árabe–israelí de 1973 parecieron dar la razón a los profetas del desastre. Se llegó a pronosticar que el petróleo se acabaría en un plazo máximo de 30 años y que las consecuencias para los países desarrollados serían dramáticas. Al socaire de esta predicción, los precios del petróleo se multiplicaron por tres de forma inmediata, con consecuencias tremendamente negativas para los países en desarrollo, que no pudieron asumir este incremento con la facilidad que lo hizo el mundo desarrollado. Muchos de estos países han experimentado un retraso de veinte años en su incipiente desarrollo socioeconómico, mientras que los productores árabes y los intermediarios de todo el mundo han alcanzado una riqueza impúdica e injustificable. Hoy, casi cuarenta años después, se considera que aún quedan recursos petrolíferos para más de cien años, lo que da plazo suficiente para encontrar alternativas energéticas que aseguren el progreso de la humanidad sobre la Tierra.

Y así llegamos al último acceso milenarista. Es aún difuso e inorgánico, pero cuenta con todas las características para convertirse en uno de los más duraderos e influyentes de la historia. Parte de hechos sin duda objetivos, que encierran una gravedad innegable –la situación medioambiental de crecientes porciones del planeta es insoportable– pero saca conclusiones ideológicas de insuficiente base científica, que se están transformando a toda velocidad en dogmas políticamente correctos, que nadie pude criticar, ni discutir, sin quedar como un obtuso reaccionario.

Entre las preocupaciones medioambientales con las que se bombardea a la opinión pública destaca, de momento, el cambio climático. Este argumento, que parte de realidades inobjetables, se ha convertido en la idea–fuerza en la que se basan las explicaciones y predicciones de las que se nutre la morbosidad de una gran parte de los medios de comunicación. El cambio climático sirve, entre otras cosas, para explicar el huracán Katrina, la sequía centroafricana, los incrementos poco habituales de las temperaturas y su disminución, el exceso de lluvias y su falta, la reducción del número de abejas y el cambio de hábitos de las cigüeñas migratorias. La verdad es que resulta muy adecuado para ahorrar recursos en investigación y esfuerzo mental, pero sirve de poco para entender la realidad que nos rodea.

Tan innegable es la evidencia del cambio climático en la actualidad, como difícil es negar que han existido alteraciones significativas en épocas pasadas en las que la acción humana era irrelevante. En los siglos XII y XIII se cultivaban viñedos en Gran Bretaña, el calentamiento del hemisferio norte redujo el casquete polar y aumentó la latitud que podían alcanzar los icebergs, lo que permitió a los vikingos la colonización del sur de Groenlandia, de la que desaparecieron con la pequeña época glaciar que se inició en el siglo XIV y se extendió hasta el XVIII. La dureza de los inviernos del siglo XVII puede comprobarse en nuestros museos con los cuadros de la escuela holandesa, en los que se observa a los patinadores deslizándose por los canales helados, estampa imposible de contemplar en la actualidad. El clima cambia de forma natural por razones aún no del todo claras, pero que en el pasado no han tenido nada que ver con la actividad humana.

La incógnita, aún no desvelada, es en que medida la acción de los humanos incide en la evolución del clima. No hay suficientes evidencias de que esa acción sea la causa fundamental, pero se está actuando como si lo fuera y ello encierra gravísimos riesgos.

La principal consecuencia, en el caso de que fuera la acción humana la principal responsable, es la potencial reversibilidad de los efectos del cambio climático. Es decir, si se limitan las causas que lo producen, se reducirán sus efectos. Estamos actuando únicamente bajo esta premisa, intentando reducir al máximo, en la medida de lo posible, el impacto humano sobre el clima, asumiendo que esta acción detendrá a medio plazo los efectos evidenciados.

Pero ¿Y si esta hipótesis no fuera cierta? ¿Y si la evolución del clima obedeciera a factores naturales de fondo sobre los que no podemos influir? En este caso la actitud de la humanidad debería ser otra. Ante la inexorabilidad de los cambios, deberían estudiarse las consecuencias e ir tomando medidas que redujeran los impactos negativos previsibles. La humanidad tiene suficientes medios para desarrollar modelos que permitieran la adaptación de los colectivos más amenazados a las nuevas situaciones. Esta tarea no se está realizando porque el dogma de la culpabilidad de los humanos en la alteración climática se ha asentado firmemente en la mentalidad de la época y actúa a modo de orejeras que no permiten la aceptación de otras posibilidades.

El énfasis en el cambio climático está, además, reduciendo la atención hacia otros problemas medioambientales, que tiene el mismo o mayor potencial amenazante sobre nuestro futuro. Por ejemplo, el empobrecimiento genético del Planeta por la reducción de la biodiversidad, que puede agravarse por algunas consecuencias indeseadas de la lucha contra el cambio climático. El incremento del terreno destinado a los cultivos bioenergéticos está contribuyendo a la deforestación de vastas extensiones de bosques tropicales y ecuatoriales, lo que contribuye severamente al proceso de extinción de numerosas especies.

Sin embargo el peor efecto para el futuro es de índole moral. El pesimismo sobre la condición humana, dominada por el consumismo, y sobre su porvenir amenazado, ejerce un efecto tremendamente negativo sobre las actitudes humanas, particularmente sobre las de muchos jóvenes. Si estamos ante procesos destructivos de los que el hombre es el principal responsable y a pesar de toda la experiencia histórica no se confía en que puedan modificarse las tendencias actuales, ¿Para que esforzarse en cambiar algo? Posiblemente esta actitud cultural está contribuyendo a la extensión del individualismo hedonista y del nihilismo que arrasan nuestra civilización, porque afectan a una de las condiciones que contribuyen al avance de los hombres, porque destruyen la esperanza.


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