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La aterradora plaga de la langosta de las Montañas Rocosas
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La aterradora plaga de la langosta de las Montañas Rocosas

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La plaga de la langosta de las Montañas Rocosas, que asoló el medio oeste norteamericano y que tuvo su momento álgido en 1875, figura en el Libro Guinness de los Récord por ser la mayor concentración de animales de la que se tiene conocimiento.

Según cálculos de la época, cientos de miles de enjambres de estos insectos, que sumaban en total más de 12 billones de ejemplares, devastaron una extensión de 2.900 kilómetros de largo por 177 kilómetros de ancho. Una superficie equivalente al tamaño de España.

12/SEP/2015

Y extendió Moisés su vara sobre la tierra de Egipto, y Jehová trajo un viento oriental sobre el país todo aquel día y toda aquella noche; y al venir la mañana el viento oriental trajo la langosta.

Y subió la langosta sobre toda la tierra de Egipto, y se asentó en todo el país de Egipto en tan gran cantidad como no la hubo antes ni la habrá después; y cubrió la faz de todo el país, y oscureció la tierra; y consumió toda la hierba de la tierra, y todo el fruto de los árboles.


Los colonos norteamericanos, imbuidos en una inquebrantable fe religiosa que abarcaba todos los aspectos de la vida cotidiana, escuchaban la narración del libro del Éxodo en los sermones dominicales de los predicadores. No podían entender como una sociedad que se consideraba a sí misma legítima beneficiaría de la gracia divina, podía verse afectada por un infortunio de esta magnitud.

La langosta habitaba en las estribaciones orientales de las Montañas Rocosas. Criaba en zonas arenosas y prosperaba en condiciones calientes y secas. Las explosiones demográficas cíclicas las llevaban a buscar alimentos más allá de su área de distribución natural. Pero en el periodo 1873–1877 solo un término podía describir este fenómeno y no era otro que el de calamidad bíblica.

Aterradoras hordas de insectos alados invadieron los campos de los estados de Colorado, Nebraska, Kansas, Missouri, Minnesota, Iowa, y Wyoming. Con una voracidad desaforada arrasaron cultivos, pastos y arboledas.

Pero nada era suficiente para calmar su tremenda avidez, que las llevaba a ingerir el equivalente a su propio peso en 24 horas. Comieron animales muertos, engulleron los cadáveres de sus semejantes, devoraron el cuero de las sillas de montar, la lana de las ovejas o la ropa tendida. Si encontraban puertas o ventanas abiertas, asaltaban las viviendas y mordisqueaban a los lactantes o personas impedidas.

Para frenar la plaga se recurrió a todos los métodos imaginables, aunque ninguno resultó eficaz al completo. Por muy disparatados que nos puedan parecer hoy, reflejan el grado de desesperación de aquellas gentes. Se intentó acabar con ellas pisándolas, con disparos de escopeta, provocando incendios, con el uso de dinamita o recurriendo a la movilización del ejército. Incluso se idearon artilugios como tolvas llena de brea o melaza, donde el líquido, al escurrir por la estructura en forma de palas, dejaba adheridas a las langostas.

Sin embargo, todo cambió a partir de 1878. El número y el tamaño de los enjambres empezó a declinar rapidamente. En unos pocos años, las langostas solo perduraron de forma aislada o en pequeños grupos en los valles más remotos, o en el subconsciente de las personas que vivieron esa experiencia. En 1902 la especie se consideró extinta definitivamente. La razón, no se conoce. Esta desaparición es uno de los mayores misterios ecológicos de todos los tiempos.

Desde entonces se han planteado varias teorías, pero ninguna despeja por sí sola la incógnita: modificaciones ambientales a gran escala, sinergia con el ciclo vital del búfalo que por entonces estuvo al borde de la extinción. El doctor Jeffrey A. Lockwood, entomólogo de la Universidad de Wyoming, sostiene la hipótesis que goza de un mayor grado de aceptación. La desaparición de este insecto se debe a la destrucción de las zonas de puesta de huevos por la demanda de nuevos campos para la explotación agraria. Algunos testimonios de la época hablan de arados que, después de laborar las tierras, traían encima millares de huevos de las puestas realizadas por la langosta.


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