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El gran terremoto de Lisboa de 1755: la catástrofe perfecta

El gran terremoto de Lisboa de 1755: la catástrofe perfecta

El 1 de noviembre de 1755 se produce el mayor seísmo de la historia reciente de Europa. El posterior tsunami arrasa el litoral atlántico de la península Ibérica y de Marruecos. La tragedia se completa con el pavoroso incendio de Lisboa. Ese aciago día morirán 100.000 personas.

El gran terremoto de Lisboa de 1755: la catástrofe perfecta
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16/ABR/2017

El terremoto

El epicentro del sismo se sitúa en el océano Atlántico frente al cabo de San Vicente, a unos 250 kilómetros de la costa portuguesa en algún punto de la falla de Azores-Gibraltar, límite de colisión entre las placas Euroasiática y Africana. Se estima que tuvo una magnitud de entre 7.5 y 9.1 (MW).

El movimiento sísmico se desarrolla durante 6-8 minutos, dividido en tres fases de gran actividad separados por intervalos de relativa tranquilidad. La elevada magnitud y la considerable duración del fenómeno favorece el alto grado de desolación. El temblor fue sentido en lugares tan alejados como Francia, Suiza e Italia.

La destrucción de Lisboa

Sobre las 9:30 de la mañana, el potente seísmo agrieta los muros y colapsa los tejados de los edificios sepultando a miles de personas, entre ellos, muchos fieles que asisten a los actos religiosos de la festividad cristiana del Día de Todos los Santos.

La tradición de poner velas y lamparillas encendidas a los difuntos y los braseros de carbón utilizados para calentar las estancias originan decenas de incendios. Lisboa arde durante una semana, causando la muerte de innumerables personas que no pueden escapar de las llamas o que se encuentran atrapadas entre los escombros. Solo en el Hospital Real de Todos los Santos, posiblemente el mayor de Europa, cientos de enfermos mueren abrasados.

El historiador estadounidense Mark Molesky, en su libro “This Gulf Of Fire: La destrucción de Lisboa o el Apocalipsis en la era de la ciencia y la razón", relata como los incendios fueron progresando a lo largo de la jornada y uniéndose entre sí. Al llegar la medianoche formaban una columna que alcanzaba la categoría de tormenta ígnea con temperaturas superiores a 1.000ºC, desplazándose de forma semejante a un tornado de fuego, arrasando todo lo que encontraba a su paso y matando a miles de personas.

El tsunami

Muchos de los supervivientes huyen presos del pánico, evitando en su marcha las grietas de varios metros de ancho que han aparecido en el suelo. Se dirigen a zonas despejadas en la orilla del río Tajo donde creen estar a salvo.

La enorme energía liberada por el seísmo eleva el fondo marino, que a su vez desplaza una ingente masa de agua de forma vertical. La onda expansiva generada viaja en diferentes direcciones a velocidades de 600-800 kilómetros por hora. Cuando el tsunami alcanza aguas costeras poco profundas desacelera de forma brusca, especialmente en su límite inferior, en tanto que la parte superior gana altura concentrando un inmenso volumen de agua que impacta sobre el litoral marino.

El sacerdote Manuel Portal, testigo de los hechos, publica un año después la obra: “Historia de la ruina de Lisboa causada por el espantoso terremoto y el fuego, que redujo a polvo y cenizas la mejor y mayor parte de esta desdichada ciudad ". En sus páginas narra como en la hora posterior al terremoto, el agua del Tajo retrocede súbitamente, dejando al descubierto el lecho fluvial, siendo visibles restos de barcos y cargas perdidas. En pocos minutos, tres sucesivas olas gigantes remontan la desembocadura y el estuario del río para llegar a Lisboa con una altura de seis metros, penetrando 250 metros en la ciudad y arrastrando a las personas que habían buscado refugio en la parte baja de la urbe.

Se estima que la acción combinada del terremoto, el tsunami y los incendios, destruyen o dañan seriamente más del 85 por ciento de las edificaciones, matando aproximadamente a unas 50.000 personas sobre una población estimada de 250.000 habitantes. Por ser día festivo miles de portugueses habían acudido a la ciudad para participar en los actos religiosos o visitar los cementerios.

Además, cientos de afectados morirán en los días, semanas o meses posteriores, por la gravedad de sus lesiones o quemaduras y por el agravamiento de las condiciones de higiene y salud pública. Para evitar la aparición de epidemias y en contra de la opinión de la Iglesia, cientos de cadáveres son llevados en barcas hasta el mar y arrojados por la borda.

Pérdida material y cultural

Entre los edificios más afectados destaca el Palacio Real, destruido hasta los cimientos por el terremoto y el tsunami, la catedral de Santa María y decenas de iglesias y conventos, además de los palacetes de la nobleza y de los ricos comerciantes nacionales y extranjeros. El flamante edificio de la ópera, inaugurado solo seis meses antes fue devorado por el fuego.

Se perdieron más de 70.000 volúmenes y documentos de la Biblioteca Real -entre ellos manuscritos, incunables y primeras ediciones-, miles de obras de arte: esculturas y pinturas, obras maestras del Renacimiento y el Barroco, tapices, carruajes y otros objetos suntuarios. Sin embargo, la pérdida más irreparable lo constituyen los escritos históricos del Archivo Real que registraban los viajes, exploraciones y descubrimientos de los navegantes portugueses. Diferentes autores equiparan la perdida cultural de Lisboa al sufrido por la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, el gran centro del saber de la Antigüedad.

Una ciudad sin ley

En 2005 miembros de la Academia de Ciencias y del Centro de Estudios Geológicos de la Universidad Nueva de Lisboa, dirigidos por el profesor Miguel Telles Antunes, realizan una excavación en el claustro del antiguo convento de Nuestra Señora de Jesús, encontrando restos óseos de cientos de personas, sepultadas en fechas coincidentes con el terremoto de 1755.

El posterior análisis de los huesos evidencia traumatismos y quemaduras compatibles con las consecuencias de una catástrofe de este tipo. Sin embargo, un porcentaje muy elevado muestran signos de haber sufrido violencia, asalto y asesinato, sobre todo los correspondientes a mujeres: “heridas en principio no mortales, causadas por objetos cortantes que podrían haber sido practicadas para aterrorizar a las víctimas”.

Los episodios de crueldad vividos en las calles de Lisboa tienen su explicación en la situación de anarquía generalizada posterior al seísmo, agravada por los cientos de presos que quedaron libres cuando se derrumbaron los muros de las prisiones. De repente, peligrosos delincuentes que llevaban años sometidos a duras condiciones de reclusión recobraron la libertad en una ciudad sin ley.

Sería necesario levantar patíbulos repartidos por toda la ciudad para ajusticiar a las decenas de saqueadores que fueron apresados, y poner de manifiesto que las autoridades no iban a consentir el desgobierno.

Mientras, el ejército se despliega en la periferia de Lisboa, estableciendo puntos de control para evitar que la población abandone la ciudad, especialmente los hombres en buen estado, aptos para trabajar en las tareas de rehabilitación.

La reconstrucción de la ciudad

La familia real portuguesa escapó de la catástrofe al encontrase fuera de la ciudad. Se cuenta que el rey José I pasó el resto de su vida en un lujoso complejo de tiendas de campaña y materiales ligeros por la fobia que desarrolló a vivir en edificios.

El marqués de Pombal, secretario de estado y desde 1755 primer ministro dirige la reconstrucción de la ciudad con el pragmatismo y decisión que caracterizó su gobierno. Su figura ha llegado hasta nuestros días como un referente en la historia portuguesa.

Teniendo en cuenta los medios disponibles en el siglo XVIII y el estado catastrófico que presentaba Lisboa, la reedificación de la ciudad puede afirmarse que se ejecutó de forma más que aceptable. En un año se habían limpiado de escombros las calles y empezó a tomar cuerpo la planificación moderna que sustituía el anterior trazado medieval.

Se diseñaron modelos en madera de los nuevos edificios y se ordenó a las tropas marchar a su alrededor para simular las vibraciones sísmicas y comprobar el grado de resistencia.

La enorme factura económica de la reconstrucción fue costeada con el oro y las piedras preciosas que llegaban a la metrópoli principalmente de Brasil. La subida de impuestos a la colonia originó gran malestar entre su población.

Inicio de la sismología

Lisboa era una de las ciudades europeas más prósperas de su tiempo, convertida en un emporio comercial conectado con las colonias y enclaves del Imperio Portugués de Brasil, África y Extremo Oriente.

La noticia de la desgracia de Lisboa causa gran conmoción en Europa. Por primera vez en la historia, los filósofos empiezan a cuestionar las causas del cataclismo, enfrentando la tradicional visión religiosa del castigo divino y oponiendo la fragilidad humana a la fuerza de la naturaleza. La racionalidad ilustrada anticipa un nuevo campo de la ciencia, que comienza a dar sus primeros pasos por entonces, la sismología.

Se identifica como precursor de esta disciplina al marqués de Pombal por la encuesta que encarga en todas las poblaciones portuguesas, para conocer la repercusión y efectos del terremoto, en base a una serie de preguntas como estas:

¿Cuánto tiempo duró el terremoto?

¿Cuántas réplicas se sintieron?

¿Qué daños fueron causados?

¿Se comportaron los animales de modo extraño?

¿Qué sucedió en los pozos y albercas?

Las respuestas a estas cuestiones todavía se conservan y son la primera evidencia objetiva en el campo de la sismología, siendo una valiosa fuente de información desde la perspectiva científica actual.

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