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Lo que un asteroide nos dio, otro nos lo arrebatará

Lo que un asteroide nos dio, otro nos lo arrebatará
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Asteroides, una amenaza para la continuidad de la vida en la Tierra o todo lo contrario.

El impacto de un asteroide sobre la Tierra hace aproximadamente 2.020 millones de años pudo facilitar la evolución temprana de los microorganismos unicelulares que dieron origen a la vida tal como la conocemos hoy.

Meteorito Hoba caído en Namibia hace 80.000 años. Está formado por hierro y pesa 66 toneladas
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Meteorito Hoba caído en Namibia hace 80.000 años. Está formado por hierro y pesa 66 toneladas

25/ENE/2016

Hipótesis de Panspermia

Cada vez más estudios científicos sugieren la posibilidad de que el germen de la vida e incluso el agua, llegase a la Tierra a bordo de los asteroides. Se calcula que el cuerpo celeste Ceres contiene una enorme masa de agua congelada en un su interior, de 100 kilómetros de espesor, mayor que todas las reservas de agua dulce del planeta.

En sus primeras fases de formación, la superficie terrestre era abrasadora, evaporando todos los elementos volátiles. Los impactos de grandes asteroides y cometas, fenómeno frecuente en las etapas posteriores, dispusieron las condiciones necesarias para que la vida prosperara en nuestro planeta, sembrándola desde el espacio.

Un estudio publicado en 2014 por el Instituto Conjunto de Investigación Nuclear, ubicado en las cercanías de Moscú, ponía de manifiesto esta teoría. Basándose en fragmentos de meteoritos recogidos en la Tierra y recreando las condiciones de los asteroides, daba como resultado unas sustancias óptimas para el desarrollo de los primeros microorganismos.

Los responsables científicos del experimento proponen que, debajo de la superficie helada de los enormes cometas, de decenas de kilómetros de diámetro, el núcleo caliente mantuviera el agua por encima de la temperatura de congelación. En ese “caldo nutritivo” estaban las primeras moléculas precursoras de bacterias y arqueas. El impacto de los cuerpos celestes sobre la superficie terrestre habría producido la transferencia de vida.


El cráter de Vredefort es desde 2005 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco

Imagen por satélite del crater de Vredefort

Situado en Free State, Sudáfrica, es el resultado del mayor impacto conocido de un objeto celeste sobre nuestro planeta. A pesar de los 2.020 millones de años transcurridos y de la continua erosión a la que se encuentra sometido, todavía se aprecian las señales de la terrible colisión en los 190 kilómetros de radio de su cráter.


Por entonces la Tierra era bastante diferente a la actual. La vida se limitaba a pequeños microorganismos que sobrevivían en las someras aguas costeras. Una teoría científica propone que todo cambió a partir del impacto del asteroide, y que probablemente le debamos una parte de nuestra existencia presente.

La colisión pulverizó millones de toneladas de rocas que se diseminaron por todo el planeta, transfiriendo accidentalmente a la superficie del océano gran cantidad de oxígeno. Este súbito incremento de oxigeno envenenó a las bacterias anaeróbicas, despejando el camino de los primeros microorganismos aerobios, que con el tiempo habrían de evolucionar hasta convertirse en la base de la vida multicelular.

Las extinciones masivas

La ciencia atribuye o relaciona la caída de meteoritos con algunas de las extinciones masivas de la vida sobre el planeta. De todas ellas, la más conocida es la ocurrida en el Cretácico/Terciario, hace 65 millones de años, que condujo a la desaparición de los grandes dinosaurios. El impacto de un asteroide de unos 10 kilómetros de diámetro sobre un área del México actual, se cree que generó un brusco enfriamiento del planeta por la cantidad de polvo en suspensión, que transformó las condiciones ambientales hasta el extremo de hacerlas inhabitables para multitud de especies animales y vegetales.

El asteroide facilitó el desarrollo de los mamíferos

Los mamíferos llevan en la Tierra desde hace 140 millones de años. Sin embargo, durante la primera etapa de su evolución eran pequeños -desde unos pocos gramos a 15 kilogramos- y su función biológica poco significativa.

Coincidiendo con el eclipse de los dinosaurios, experimentaron un enorme desarrollo y diversificación, que los llevaría a ocupar áreas de distribución y nichos ecológicos vacíos. El aumento de tamaño experimentado por la denominada megafauna en el Pleistoceno tardío y el Holoceno, les convirtieron en los mayores mamíferos terrestres que han pisado nunca el planeta.

El Paraceratherium surgió en la primera mitad del periodo Oligoceno, hace aproximadamente treinta millones de años, extinguiéndose en el Mioceno Medio, hace 16,6 millones de años. Emparentado con el rinoceronte actual, superaba los 7,5 metros de altura hasta la cabeza por 8 de longitud y parece que pudo pesar hasta 20 toneladas.

El dinoterio, semejante al elefante, alcanzaba los 4,5 metros de altura y algunos ejemplares adultos pesaban 14 toneladas. Apareció a mediados del periodo Mioceno y continuó hasta el Pleistoceno Inferior.

Ceres, el mayor asteroide y el más pequeño de los planetas enanos

Tamaño comparado de la Tierra, la Luna y Ceres Tamaño comparado de la Tierra, la Luna y Ceres (el más pequeño).

En 1801 el astrónomo italiano Giuseppe Piazzi, desde el observatorio de Palermo, descubría el mayor asteroide conocido. Lo denominó Ceres. Mide cerca de 1.000 kilómetros de diámetro, aproximadamente el 30% de la masa combinada de todos los asteroides.

Los siguientes asteroides por volumen son Pallas, Vesta e Hygiea, que tienen entre 525 y 400 kilómetros de diámetro.

Hoy se conocen prácticamente todos los asteroides de más de 100 km de diámetro. Se suponen catalogados la mitad de los que se encuentran entre 10 y 100 km de diámetro, pero aún desconocemos la gran mayoría de las decenas de miles de asteroides menores de un kilómetro de diámetro.

NASA


La Unión Astronómica Internacional (UAI) crea en 2006 una nueva clase de cuerpos celestes, denominada planeta enano, donde incluye a Ceres, además de Plutón, Eris, Makemake y Haumea.


El evento Tunguska de 1908

El evento Tunguska está considerado como el mayor acontecimiento de este tipo en la historia reciente de la Tierra. Se estima que un cometa, en torno a 40 metros de diámetro, con una masa superior a 60.000 toneladas y viajando a más de 50.000 kilómetros por hora, explotó a unos 10 kilómetros de la superficie terrestre.

La onda expansiva liberó una energía 300 veces superior a la bomba nuclear de Hiroshima, devastando una extensión de 2.200 kilómetros cuadrados y arrasando con 80 millones de árboles. De haberse producido en una zona urbana altamente poblada, estaríamos hablando con total seguridad, del mayor desastre natural de la historia de la especie humana.

Apophis “el asteroide del juicio final”

Apofis fue descubierto en 2004. En enero de 2013 se acercó a la Tierra a una distancia de 14,5 millones de km. El observatorio espacial Herschel, de la Agencia Espacial Europea (ESA), pudo entonces estudiarlo, comprobando que su diámetro era mayor de lo que se creía. En lugar de 270 metros estimados anteriormente, las nuevas mediciones le otorgaban un diámetro de 325 metros, un 20% más, que se traduce en un aumento del 75% de su masa.

En abril de 2029 nos volverá a visitar, y esta vez su trayectoria le llevará a solo 36.000 km de la Tierra, la altura a la que orbitan nuestros satélites geoestacionarios.

Si la gravedad de nuestro planeta alterase la órbita del asteroide, el siguiente registro de la roca espacial en 2036 podría convertirse en una verdadera amenaza.

Un impacto sobre la superficie terrestre liberaría la energía equivalente a 20.000 bombas atómicas como la de Hiroshima. La zona de colisión quedaría arrasada en cientos de kilómetros cuadrados y las repercusiones, sobre todo climáticas, serían de carácter global. En cambio, si cayese sobre el mar, el tsunami generado devastaría miles de kilómetros de litoral costero y acabaría con la vida de millones de personas, incluso de distintos continentes.

Un día que pasará a la historia de la astronomía

El 15 de febrero de 2013 acontecieron dos hechos formidables que, aunque no guardan relación entre sí, ponen de manifiesto el desconocimiento, la desprotección y la incapacidad de respuesta ante sucesos de este tipo.

En la región de Siberia, un asteroide de unos 17 metros de longitud y una masa entre 7.000 y 10.000 toneladas, explotó en la atmósfera a unos 18 km sobre la superficie terrestre. Viajaba a la velocidad de 64.000 km/hora. La explosión liberó una fuerza cercana a medio millón de toneladas de dinamita, equivalentes a 30 veces la energía de la bomba atómica de Hiroshima. La onda expansiva provocó la rotura de cristales de puertas y ventanas y pequeños daños estructurales en centenares de viviendas de la ciudad rusa de Chelaybinsk. Más de 1.000 personas resultaron heridas por la caída de escombros o cortes por los cristales rotos.

Ese mismo día, el meteoroide DA14, con un diámetro estimado de 45 metros y una masa de 130.000 toneladas, se acercó a 27.000 kilómetros de la Tierra, lo que representa un récord de aproximación para un cuerpo celeste considerado altamente peligroso. Descubierto el año anterior por un grupo de astrónomos aficionados españoles, en caso de colisión con nuestro planeta hubiese liberado una energía equivalente a 2,4 millones de toneladas de dinamita.

Prevenir el impacto de un asteroide o cometa

El programa español Don Quijote, que desarrolla la Agencia Espacial Europea (ESA) desde hace más de diez años, tiene como finalidad desviar de su órbita los asteroides que constituyen una amenaza seria para la seguridad de la Tierra.

Cuando esté plenamente operativo, una primera sonda llamada Sancho, se posicionará cerca del asteroide para estudiar y comprender su masa, campo gravitatorio, trayectoria, la medida de su reflectividad…

A continuación, la segunda sonda denominada Don Quijote, impactará a la velocidad necesaria para desviar la roca. Nuevamente, Sancho entrará en acción para comprobar el éxito de la misión o establecer la necesidad de repetir el ejercicio.

Por su parte, Estados Unidos planea utilizar un método basado en el impacto de dispositivos nucleares. Aunque esta técnica pueda fragmentar los asteroides y acrecentar el riesgo de impactos secundarios sobre la Tierra, puede que sea la única alternativa para detener a los grandes asteroides.

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